miércoles, 12 de junio de 2013

REENCUENTROS Y CUENTACUENTOS

Lo primero sería, supongo, justificar la dilatada ausencia del humilde creador de este blog en el mismo, pues se hace fácil pensar –y me incluyo entre los malpensadores– al encontrar un blog abandonado durante tantas semanas que el autor se ha cansado de él encontrando algo mejor que hacer o que la razó, que dirían los compadres troveros de Occitania, o motivo de existir se ha esfumado o ha menguado tanto que ya no le compensa el seguir con esto de darle a las teclas a través de un blog. Ni uno ni lo otro, que nadie se asuste, tan sólo ha ocurrido que la profesión de uno (que en el fondo es la que le da de comer y la pecunia todo lo puede) lo ha tenido atrapado de más durante dos meses y pico y alejado de plumas y tinteros digitales. Lo segundo, ergo, que sea pedir disculpas por ello.

 

Recalando ahora por feudo de novedades me temo que tampoco tengo muchas ni buenas que ofrecer. Por supuesto pese al mayor número de horas de trabajo remunerado he conseguido robar de aquí y allá algo de tiempo para seguir con el paso a limpio de la novela, y en el momento de escribir este artículo se va agotando ya el capítulo VIII y el IX teme ya por lo que pueda durar. Según el primer calendario que me propuse (¿pero quién llega a seguir en verdad un calendario?) la cosa debería andar ya por el capítulo XIV o XV así que por desgracia (mi bienestar financiero seguramente opinará de otro modo) el paso a limpio y versión final se retrasarán al menos un par de meses. No obstante ya estoy otra vez ávido de letras, así que algo de suerte mediante creo que seré capaz de mantener un buen ritmo de aquí al verano y durante éste, esperando dejarlo todo más que finiquitado para el equinoccio de otoño. Título incluido, ya que si bien es lo último que se pone siempre va surgiendo alguno mientras se escribe y, por el momento, para un humilde autor sigue siendo res incognita. Mi querida revisora se ve capaz de ponerle uno cuando acabe de leerlo y suelen dársele bien estas cosas, así que de momento no me preocupa.

 

De momento quede como anécdota eso, que pese a haber acabado el primer borrador y en esencia querer cambiar poco de la historia (sólo algunos nombres, personajes y hacer limpieza de «paja» que en el caso de un servidor nunca viene mal) el autor no tiene ni la más remota idea de qué título ponerle a la novela. Ninguno que me satisfaga al menos, ninguno que resulte revelador sin revelar demasiado, que resulte atractivo sin resultar banal, y quizá que se aparte de las construcciones de sustantivos y adjetivos arquetípicos que tanto pululan por el género fantástico o histórico (y no miro a nadie, don G.R.R. «sustantivo+(de)+sustantivo» Martin). Resulta también curioso, ahora que me he puesto de nuevo con la novela tras un parón de varias semanas, fijarse en que el punto en que lo dejé en esta ocasión y en el que lo dejé durante un parón de varios meses cuando empecé con el primer borrador son prácticamente el mismo, la mitad del capítulo VII, como si se tratase de algún tipo de punto de inflexión velado o, al menos, no pretendido. ¿Casualidad? Por qué no, pero no deja de ser curioso.

 

Me hallo ya cerca, además, de un pasaje que sí encierra cierto significado especial para un servidor, que es entrañable, incluso, y que si ya disfruté concibiéndolo y poniéndolo sobre un papel lo hago todavía mucho más al releerlo ahora. Para un lector cualquiera la escena quizá no vaya más allá del simple diálogo entre dos personajes con una reflexión apenas velada revoloteando por encima. Puede, ahora que lo pienso, resultar el pasaje hasta un poco superfluo, como encolado sin ganas al capítulo, pero como todo en literatura acaba por pintar mucho más de lo que parece a simple vista. La escena es la que sigue: maese Reynald Dubec (a quien ya presenté en esta entrada) y una doncella llamada Glymgline (élfico hasta resultar estomagante, pero su razón tiene), discurren sobre esto y aquello mientras los personajes principales duermen y acaban por toparse con el porqué de los juglares, troveros y demás. El por qué a alguien puede gustarle inventar historias que contar y del poco provecho que de ello se saca más allá de un breve momento de ovación (y las más veces ni eso).

 

No desvelaré nada más del pasaje ni de su conclusión, por supuesto, pero su cercanía me ha llevado a recordar qué fue lo que me inspiró. No fue otra cosa que el descubrimiento –o la repentina consciencia, más bien–, hace ya tanto tiempo y con unos cuantos renglones ya sobre el lomo, que todos aquellos que tenemos la osadía de llamarnos autores somos huérfanos en cierto modo. Si a la osadía le añadimos osadía y media y nos atrevemos a colocar en un mismo saco a un Borges, a un Poe, a un Montaigne, a un Cervantes, un Dante y un Ovidio, y con ellos a cualquiera de estos enanos que seguimos garabateando papeles con milongas y pretendemos imitar a estos gigantes todos acabamos por descender sobre el papel (y nunca mejor dicho) de unos ancestros intelectuales tan remotos como desconocidos. Al igual que ocurre con el resto de las bellas artes clásicas resulta imposible desvelar cualquiera de los orígenes más primigenios de la literatura. ¿Quién fue el primer literato? ¿El primer cuentacuentos? ¿Qué gesta fue la primera en ser considerada digna de ser transmitida al resto del clan? La pulsión humana de contar es aún más vieja que el propio ser humano y que la propia historia, y darle respuestas a quién engendró a quién y a qué en aquellos primeros relatos amén de resultar quimérico barrería de un plumazo cualquier encanto que el asunto pudiera tener.

 

Por ello toda esta reflexión sobre juglares y troveros no está abocada a ningún fin, pero hablando de curiosidades me ha parecido interesante hablar aquí de un reciente homenaje rendido (por imposible que pueda parecer, en nuestra a menudo inculta piel de toro) a aquellos primerísimos «maestros cuentacuentos». Se trata de un proyecto titulado Historias de cueva en cueva, que consiste en la difusión de la narración oral y entre otras cosas en reunir a diversos narradores de toda índole en varias cuevas prehistóricas emblemáticas por todo el mundo (y que muy recientemente ha pasado por la archiconocida Atapuerca) simplemente para reconstruir en ellas lo que sin duda ya ocurrió durante los primeros pasos de la literatura humana: contar historias.

 

¿Qué mejor manera de dar las gracias a nuestros desconocidos padres literarios, a nuestros ancestros culturales, a aquellos remotísimos artistas sin los cuales (que a nadie le quepa duda) jamás un Caín o un Abel se habrían enfrentado, jamás habría habido una Ítaca ni un Grial, jamás un Quijote habría desfecho entuerto alguno en los mares de la Mancha, ni habría habido dos amantes en Verona, un pequeño príncipe en un satélite o la sombra de un ciprés se habría vuelto alargada? «Y no; no hay nada más importante en este mundo. Ni en ningún otro», que diría maese Reynald.

lunes, 18 de marzo de 2013

DESCRIPTIO PERSONARUM, PER ASPERA

Acabado el primer cuaderno de los siete de que se compone el manuscrito de la novela, y por lo tanto los primeros capítulos de presentación, me he visto más de una vez enfrentado a algo que parecía totalmente resuelto y que sin embargo ha sido una de las causas del bochornoso retraso que llevo en este paso a limpio: las descripciones.
 
 

Siempre recordaré que una de las cosas que más me obsesionaban cuando era mucho más joven y empecé en esto de la escritura era la descripción de lugares y personajes. Cómo transmitírselos al lector, cómo instalarlos en su cabeza y que resultaran tan vívidos (con la mitad también me habría conformado) como en la de un humilde servidor. La primera y sucia artimaña de la que uno echa mano es, por supuesto, la de la descripción desmedida y extremadamente minuciosa, tan detallada y pormenorizada que resulta atrofiante y tediosa plantada en medio de un párrafo y retrasando casi gratuitamente la acción. Después, con una simple relectura, se da uno cuenta del peso que le quita de encima al lector y cómo fluye mucho mejor la narración acortando –o directamente eliminando– tales descripciones.

 

¿Pero dónde queda entonces ese primer impulso que surge, en la primera redacción, al presentar y describir a los personajes? Lo cierto es que no llega a desaparecer del todo, y puesto que el autor tiene perfectamente formada en la cabeza una imagen mental de cada personaje (hasta de cómo arquea los labios, como mira de reojo o la puntada mal dada de la camisa que lleva…) en principio se tiende a pensar que el lector se formará una, si no igual, al menos consecuentemente parecida por lo que esa obsesión de narrador casi desaparece. No obstante, cuando uno se pone a examinar las descripciones que hizo de los personajes por lo menudo, le entra el reconcomio al pensar a qué imágenes mentales llegará el lector con los pocos (o nulos) detalles que le ha ofrecido realmente. Esto, por supuesto, se va diluyendo con el paso de los años y las páginas, y de aquel casi angustiado narrador novel que pertrechaba a sus personajes (que lo mismo no duraban más allá de un capítulo, o quizá menos) con una descripción de media página se convierte uno en un narrador más cómplice, más comprensivo para con el lector. Más refinado, incluso, al comprender tras sopesar una primera obra y examinar el trabajo de otros que un par de detalles pueden ser más que suficientes y, paradójicamente, que la ausencia total de descripciones puede resultar, a la larga, mucho más descriptiva.

 

Tras pasar por los dedos de uno los hilos de decenas y centenares de personajes (en la novela en que ando trabajando ahora me salen ciento veinte en un recuento rápido) se da cuenta de hasta qué punto resulta desconsiderado e injusto de cara al lector no sólo imponerle estas fastidiosas e inoperativas descripciones, sino también en muchos casos imponerle un personaje cuyas características estén ya cerradas y sean inamovibles. Como decía hace unas líneas, trabaja mucho mejor la imagen mental de un personaje si cada lector se constituye aquella con la que se sienta más cómodo y le sea más fácil de recordar; aquella que en cierto modo le sirva de familiar y agradable llave de la narración. Es decir, cerrar descriptivamente un personaje es aliñar una ensalada al gusto del único que no tiene que probarla, lo cual redunda –siempre según mi opinión– en abuso del pacto autor/lector y en la mayor posibilidad de que este último pierda el interés.

 

Tal cosa se produce no obstante de manera intrínseca en otras modalidades narrativas como pueden ser el cine o el cómic (no hablaré del teatro, pues las dramatis personae de este género se mueven por derroteros demasiado distintos), en que la descripción viene necesaria y automáticamente impuesta. La imagen reflejada en la página dibujada en la pantalla es la única que el lector/espectador puede tener, y difícilmente podrá imaginar a esos personajes con otro rostro u otras maneras que las que se le presentan. ¿Resulta esto un abuso del pacto, como decía antes? Por supuesto que no, pero no deja de resultar ilustrativo de lo que pretendía decir el hecho de que si un actor o un personaje dibujado no cala de primeras en el lector recibe una tara de la que le será imposible librarse, pese a que esto se produce en contadísimas excepciones por lo inconsciente de esta imposición. Sirvan de ejemplo las adaptaciones literarias que desde siempre ha venido realizando el séptimo arte. En mi caso el siempre severo Achab en el puente de su Pequod siempre será Gregory Peck, el indomable Alex de «La Naranja Mecánica» un Malcolm McDowell de mirada artera, al ambiguo Orlando de Virginia Woolf no sabría ponerle otro rostro que el de Tilda Swinton, al obsesivo Ian Malcolm de Crichton el de Jeff Goldblum, o al hasta la saciedad retratado e interpretado Arturo Pendragón otro que el de Nigel Terry. Estas imágenes de los personajes son inamovibles dentro de sus obras, pero la aceptación por parte del lector/espectador es tan tácita e inconsciente y, sobre todo, el ritmo de la narración tan sumamente más rápido que la imagen no resulta nunca molesta por el hecho de estar cerrada.

 

Así, si al narrador literario le gustaría a menudo (que no siempre) contar con esta facilidad de plasmar la imagen de un personaje, pues qué duda cabe de que la literatura, en el fondo, no es más que el arte de la traslación de ideas e imágenes, las particularidades de su medio le imponen la descripción, que ha de dominar por completo, ya sea para describir o para todo lo contrario. Se trata de algo mucho más artesano y sibilino, más artístico en cierto modo, y, por qué no decirlo, mucho más curioso. He realizado el experimento alguna vez y siempre resulta interesante ver cómo el pequeño germen de un personaje, cuya descripción a veces no vas más allá de su nombre o su oficio, acaba convirtiéndose en una inconsciente y pormenorizada imagen mental dentro de la cabeza del lector. Una imagen que, sin saberlo, él mismo ha creado y que resulta ser un inmejorable vehículo en su veloz paso narrativo por la obra.

miércoles, 6 de marzo de 2013

RECONSTRUYENDO, QUE ES GERUNDIO

Me encuentro ahora en una de las etapas más laboriosas –por no decir fastidiosas– de la puesta a punto de una novela, que es la de pasar a limpio los manuscritos. Es en este momento donde uno comienza a arrepentirse algo del romántico gesto de redactar a mano (que también tiene sus ventajas, como contaba en este otro artículo) y se pregunta por qué no eligió las más impersonales pero mucho más pragmáticas teclas de un ordenador para contar su historia desde el principio. Pero en fin, ego sum qui sum y hay que apechugar ahora con lo elegido en el pasado.

 

Podría, a primera vista, parecer que lo laborioso de esta parte de la novela –la de convertir toda esta montaña de cuadernos en un archivo de texto que viaje después por el mundo virtual (y esperemos que un día de librería en librería)– es sencillamente el reescribir en otro soporte lo escrito a mano que, no por ser uno el autor y conocer el texto, se vuelve menos largo. Al menos, por verle el lado ameno, el texto resulta entretenido y agradable ya que lo escribió el que lo reescribe y en principio debería no disgustarle.


Sin embargo hay que tener en cuenta que suele distar mucho tiempo entre la redacción primigenia de una novela y su versión final, por lo que los cambios como el ritmo, el estilo de expresión y el lenguaje, ciertas actitudes de los personajes, los nombres de éstos, referencias a acontecimientos que finalmente no ocurrirán después… y así un largo etcétera se hacen especialmente patentes en los primeros capítulos. En el caso concreto de esta novela comencé a redactarla en el año 2008 y a concebirla al menos un año antes, tras lo cual sufrió un largo parón hasta 2010 en que volví a meterle mano en serio y escribí el prólogo, el epílogo y dieciocho de los veinticinco capítulos que contiene. Por lo tanto al autor que escribió las primeras frases y al que le dio el toque final al epílogo los separan cinco años y algunos relatos y escritos de por medio, por lo que algo tan básico como el estilo y la manera de estructurar las reflexiones y los planteamientos de una novela han evolucionado lo suyo, separando en multitud de aspectos los distintos fragmentos de una misma obra. Es decir, al pasar ahora a limpio no sólo se han de pulir la redacción y la claridad, y adaptar la historia a un desarrollo posterior ya establecido, sino también (y sobre todo) reconstruir literalmente los fragmentos según unos estándares personales y un estilo mucho más evolucionados y curtidos que cuando se escribieron por primera vez.

 

Como decía, esto es especialmente visible en los primeros capítulos, sobre todo en aquellos previos a que aparcara temporalmente la novela para ocuparme de otros proyectos, y el esfuerzo que requieren es mucho mayor (esperemos) que las partes manuscritas más recientes. Actualmente me hallo ya con el final de capítulo III, con el prólogo y los dos primeros a cuestas y en manos de mi querida y bienintencionada revisora, por lo que la cadencia no es demasiado mala para estar empezando. A partir del capítulo VIII, supongo, ya podré aumentar el ritmo a tres o incluso cuatro capítulos por semana, teniendo en cuenta que los cambios entre las líneas manuscritas y las digitales serán mínimos y sufrirán tan sólo un rutinario «desbaste».

 

Este paso a limpio y reconstrucción presentan, no obstante, aparte de una versión más depurada que ofrecer al lector, una visión más general y al mismo tiempo más pormenorizada de la novela y sus múltiples recovecos, cosa que ayuda mucho al fluir de la historia (cuya fuente, cauce y desembocadura están ya bien situados) y espero se note y agradezca en la versión final. Muestra de ello es el que un servidor recupere personajes, diálogos y hasta fragmentos completos que no recordaba haber metido y que, sin ellos en mente, había continuado la novela por libre no siendo siempre consecuente consigo mismo.


Habrá que hacer caso, pues, de uno de estos personajes que habían sido olvidados y recuperados y que precisamente en el próximo capítulo a reconstruir ofrece el siguiente y sabio consejo: «Nada mejor que mirar atrás para ver el camino que tenemos por delante».

sábado, 23 de febrero de 2013

RESEÑA DE «LA CANCIÓN DEL PEREGRINO »

En pleno «mecanografiado» de los primeros capítulos de la segunda novela he aquí que la red me trae un elocuentemente llamado «regalo de no-cumpleaños»:

Reseña de «La canción del peregrino » de Pablo Díez Encinas.

Se trata de una reseña de la primera novela, a cuya segunda parte está dedicado este blog, elaborada por Ana Navalón, escritora, lectora, amiga y excompañera de fatigas traductoriles. Os la dejo aquí esperando que os animéis a leer la novela aquellos que no lo hayáis hecho y, si os gusta y podéis, a votarla.

 
Un saludo y, desde aquí, ¡muchas gracias, Ana!

miércoles, 13 de febrero de 2013

NOVELA EST

Anoche, con una postrera y crepuscular frase di por terminado el epílogo de la segunda novela, por lo que el primer manuscrito ya está por fin acabado y listo para pasar por revisión y corrección y de aquí a un par de meses debería estar todo listo para saltar bajo los críticos ojos de los lectores. Al igual que ocurría con el último capítulo este epílogo, dividido en cuatro subpartes que recorren los últimos momentos literarios de cuatro de los personajes principales, ha dado muchísimo más trabajo de lo previsto, quizá (y no tan quizá) por estar preparado de antemano y escrito en mi cabeza. 

 

Suele ocurrir, y no pocas veces, que al hallarse uno componiendo la trama de una historia van ocurriéndosele pasajes y reflexiones que bien podrían acabar en un cajón (o arqueta) de sastre, pero que por suyos y por interesantes hace todo lo posible por incluir en el texto final. Muchos de ellos no llegan a aparecer en el texto final, o bien por utópicos (por muy bien escrito que esté y por más que se haya documentado el autor sobre ello el lector no va a tragarse quince páginas sobre las técnicas germánicas de fabricación de espadas), o bien por inconsecuentes (tal personaje, de un estrato social mucho más bajo que su interlocutor, si bien puede seguir una discusión en abstracto todo el tiempo que quiera no debería tener una serie de conocimientos elitistas), o sencillamente por «pesados» (en todos los sentidos de la palabra). En cualquiera de estos tres casos estos pasajes no tienen cabida en la versión final, y en el caso de no ser eliminados permanentemente (con algo de pena, todo hay que decirlo) suelen ser o bien reducidos, a veces a una sola frase o comentario, o bien apuntados para futuros escritos.

 

Quedan, no obstante, esos pasajes y reflexiones que uno se empeña en colocar en el texto, cueste lo que cueste. Unas veces por simple cabezonería (o por una más benevolente corazonada, sintiendo que aquello gustará al lector) y otras por cruda necesidad. Hay ocasiones, por ejemplo, en que el grupo de personajes, para llegar de un punto literario A a uno B ha de pasar casi necesariamente por uno C; de nada sirve omitir un viaje que dura un mes si después no se relata, aunque sea escuetamente y relatando «que no ocurrió nada importante», el mismo. Este tipo de fragmentos suelen estar, pues, ideados de antemano y colocados como si fueran hitos en el camino de la novela, y si bien uno se figura tener control sobre ésta y poder forzar la historia cuando le venga en gana, lo cierto es que estos hitos de referencia que uno mismo se ha marcado a menudo resultan ser más un problema que un auxilio. No porque el resultado vaya a ser peor o haya que poner más cuidado en la redacción (que también) sino porque siempre corre mejor una historia si se le da rienda suelta y se busca ella misma el cauce que si se la hace pasar por una presa determinada, que no por estrecha (y es labor del autor que no se note esa estrechez) resulta menos necesaria. 

 

Nos encontramos también el problema de la memoria y el cambio de opinión, y es que si en un determinado momento al autor le parecía bien y hasta le encantaba tal reflexión o pasaje, con el paso del tiempo (en ocasiones incluso un año entero) o ya no se acuerda de cuál era el auténtico sentido que quería darle al fragmento (pese a ser tan intenso que se figuró que lo recordaría en cualquier caso) o ya no está de acuerdo consigo mismo, y el famoso hito que se había marcado para la historia se ve reconvertido en algo distinto o directamente demolido para dar paso a un hilo de narración completamente nuevo, en la mayoría de los casos mucho mejor y para bien, todo sea dicho.

 

Terminado ya por lo tanto el primer manuscrito llega el momento de ocuparse de los anexos, entendiendo por ello y en mi caso, citas en latín y versos y poemas en diversas lenguas del Medievo; sin olvidar, por supuesto, dedicatoria, citas de cabeza y título. Estos últimos están ya escogidos y listos, a falta tan sólo de decidirme entre varios títulos tentadores. En cuanto a citas y versos medievales llevo con ello tanto como con la novela (no en vano ha habido que ir incluyéndolas en el manuscrito, aunque no fuese más que como notas) aunque por supuesto muchos han tenido que ser revisados, otros desechados y reemplazados (con su consecuente documentación) y otros directamente introducidos en el último momento al tener ya disponible la historia completa y cerrada bajo los ojos. A esta labor llevo ya dedicada un par de días y debería ocuparme al menos una semana más, ya que si la idea de meter tal o cual cita o verso en un momento determinado parecía buena y ya se veía como definitiva aún hay que esperar a una documentación más o menos exhaustiva en cuanto a periodo histórico, métrica y adecuación temática, por no hablar de los problemas de traducción, ya que si un servidor se defiende bastante bien el latín, castellano, occitano y francés antiguo, los problemas y la ayuda de terceros vienen con el inglés, el italiano y el alemán medio. No obstante no me desagrada nada el pelearme con las rimas y aún menos el documentarme (que el saber no ocupa lugar) por lo que no me quejo, y tal y como ocurría en la anterior novela, espero que el trabajo final sea satisfactorio.  

 

Sí me están dando sin embargo bastantes problemas unas cuantas canciones «paillardes» (verdes, o libertinas) francesas y un par de coplillas castellanas que me venían como anillo al dedo en más de un pasaje. El problema radica en que, si bien su inspiración y su estructura son completamente medievales, no pertenecen estrictamente a tal periodo ya que aparecen recogidas a principios del XVI en cancioneros populares. Ello no impide que ya se conocieran (y seguramente fuera el caso) en el período medieval y sencillamente hayan sido recopiladas más tarde, pero sin embargo la sombra del anacronismo no es menos alargada (en el mejor de los casos serían composiciones de las últimas décadas del XV) y siempre planea la duda. No obstante si algo hice bueno no anclándome en un periodo histórico real fue la posibilidad de introducir tanto elementos fantásticos como anacrónicos, por lo que (nota explicativa mediante) es posible que al final se queden. 

 

Una semana más, por lo tanto, y me sumergiré otra vez en el inicio del manuscrito y empezaré con la versión final, esperando que mi querida correctora/revisora esté lista y con un poco de paciencia vayamos dando a luz a la criatura.

Mientras tanto, os invito como siempre a descubrir la primera novela en la web de megustaescribir.com
  

martes, 5 de febrero de 2013

ALGO TERMINA, ALGO COMIENZA

Así titulaba el siempre genial Andrzej Sapkowski uno de sus relatos más controvertidos, consistente en una suerte de final alternativo y por adelantado de su serie de novelas sobre el brujo Geralt et consortes. En él, en consonancia con el título, mostraba como el final de una historia no es más que el principio de otra, pues por más conclusiva que se quiera hacer, por más que quiera negarse, un final siempre ofrece la posibilidad de una nueva apertura, de una secuela. Y de este modo, mientras la primera novela ha sido ya aprobada en la página http://megustaescribir.com/ y puede difundirse con mayor libertad por la red, he llegado al final del capítulo XXV de la segunda y está casi rematado el epílogo, por lo cual, extraoficialmente, puede dársela por acabada. A falta tan sólo de terminar el epílogo de manera un poquito mordaz, elegir las citas de inicio, retocar los versos que vayan a aparecer en los distintos capítulos y escoger entre la media docena de títulos que me bailan en la cabeza desde hace tiempo. Pero después de tan larga y enrevesada redacción, eso ya es, como quien dice, pecata minuta.
 


Lo cierto es que tanto este último capítulo XXV como el epílogo ha ido bastante rodado desde el principio. No en vano estaba ya todo ideado y casi redactado en la cabeza de un servidor desde hacía mucho, ya que, aun recurriendo al trillado axioma de los escritores de novela de misterio, no puede negarse que lo primero que estaba escrito era el final. Es la única manera de ir guiando la novela y de ir colocando poco a poco los diques para que no se salga de madre y se encauce por donde uno no quiere hacia un final no deseado. No obstante los últimos fragmentos, concretamente las últimas nueve o diez páginas del capítulo XXV se han convertido en un pequeño infierno personal. Varias hojas han resultado heridas y las que no han acabado hospitalizadas lo han hecho en el camposanto de la redacción que no es otro que la basura (llámesela cubo o Papelera de reciclaje). Pero al final he conseguido darle forma al remate de este capítulo XXV de una forma más o menos pasable que, por supuesto, no me gusta en absoluto pero cuya mala opinión espero que el tiempo y el pasar a limpio los manuscritos (con la inestimable colaboración de mi querida correctora/asesora) suavicen un poco y me permitan llegar a sentirme tan satisfecho de ello como ya lo hacen otros capítulos (curiosamente, cuanto más se alejan en el tiempo desde que los redacté más fácil es cogerles cariño). Demencias del autor. 

 

Cavilando un tanto sobre esto me sorprendí al escuchar el otro día en la televisión un reportaje sobre el premio Nobel de literatura y siempre magnífico anfitrión literario Don Gabriel García Márquez. Se hablaba de la obra Cartas y recuerdos escrita recientemente por su amigo y compañero Plinio Apuleyo el cual recordaba que en una de las muchas cartas que intercambió el señor García Márquez le escribió lo siguiente, referente al inicio de las novelas: «El primer párrafo puede ocupar un año, y el resto tres meses». Y en ese momento me dije a mí mismo: «He ahí uno de los pilares de la narración». Lejos de mi intención el querer compararme a tan excelsa pluma (más quisiera yo…) pero con esa reflexión, que tan evidente (y cruda) resulta cuando uno se mete en faena y labia en ristre y se pone a narrar, estuve tan perfectamente de acuerdo que volví a verme a mí mismo en varias ocasiones, cada vez que me encontraba a punto de ponerme al frente de una novela o de un relato. Comenzar, sin duda alguna, es lo peor. Y por ello el simple recuerdo de aquellos primeros párrafos, sean los de la novela o los de un capítulo o fragmento especialmente importante en la historia, bastan para empequeñecer los desvelos y dificultades de cerrar la novela.

 

Parece ilógico, ¿no es cierto? Con lo último que se va a quedar el lector, resulta evidente, es con lo último que haya leído. Como autor no puede esperar uno que al lector le quede del resto de la novela (y ni siquiera del final) más que un poso incluso inconsciente y por eso se tiende a cuidar el final, a mimarlo para que el receptor lo trague sin problemas y hasta le sepa dulce, amargo o picante; eso ya al gusto de la intención del autor. Sin duda el final es importante, (¿quién no ha escuchado aquello de no me ha gustado el final como sinónimo de que la historia, si acaso era buena, se vio arruinada por la conclusión y la manera de cerrarse?) pero no cabe olvidar, jamás, que para que el lector alcance ese final hay que haberle ofrecido un buen motivo para ello. Y todo, absolutamente todo, comienza por un buen principio. 

 

Tendemos a imaginar, como lectores, que el principio no tiene realmente tanto interés, que es poco más que un trámite por el que pasar antes de introducirnos en el meollo de la novela que es lo que, en el fondo, nos ha llevado a leerla. De manera inconsciente (y no me quito, por supuesto) solemos obviarlo, hasta el punto que al cabo de cien páginas somos prácticamente incapaces de explicarle a alguien cómo empezaba exactamente la novela sin volver a releerla por encima. Y sin embargo, como en un plato de cocina, esa primera impresión no por inmediata y perfectamente olvidable resulta menos crucial. Y al pensar en ello siempre recuerdo las palabras de un profesor de universidad del que guardo un gratísimo recuerdo (creo que es el único en toda aquella facultad de Derecho) por ser una de las personas con mayor juicio y sentido común que he conocido en mi vida: «Sólo si me gusta la primera frase, le doy la oportunidad al párrafo. Si me gusta el párrafo al capítulo. Y sólo si me gusta el primer capítulo me aventuro hasta el final de la novela».

No pocas veces lo tengo en mente al escribir.

Un servidor, de momento, se ha trabajado un buen principio. A la altura del final, por supuesto, no os vayáis a pensar lo contrario.