martes, 29 de enero de 2013

LA CANCIÓN DEL PEREGRINO ONLINE

Mi novela La canción del peregrino ya está disponible en la web/red literaria de megustaescribir.com y os invito a todos a descubrirla y, a los que ya la hayáis leído, a redescubrirla y compartirla si os ha gustado por tantos sitios como os sea posible, que me haréis un tremendo favor.

Aquí el enlace directo a La canción del peregrino. 

 

Sí me gustaría disculparme por la primera página de sinopsis/resumen que se coló en ella, ya que me di cuenta demasiado tarde de que había subido a la página la versión enviada a mi último editor. Sirva, por llamarlo de alguna manera, de contraportada, ya que no desvela ningún detalle importante de la trama y de hecho me permito dejárosla aquí para intentar animar a algún reticente:

«¿Cuán rápido puede cambiar una vida? Unos pocos días bastan en los Reinos Nuevos*, puede que tan sólo unas horas, o siquiera unos instantes… Galván, a su pesar, lo sabe muy bien. Este atípico y desencantado asesino a sueldo cree cumplir esta noche con un simple encargo de su patrón, uno más que añadir a su triste lista, pero lejos está de imaginar hasta qué punto una daga clavada en el corazón de un extraño puede darle la vuelta al discurrir de sus días. Privado de pronto de una existencia, cegado por la rabia y el deseo de venganza, se pondrá en camino hacia un incierto futuro. En su viaje se entrecruzarán nuevos aliados y enemigos, extraños enigmas y respuestas largamente esperadas, descubrirá que no es del todo dueño de sus pasos y que nunca, por doloroso que sea, hay que olvidar el pasado.

A caballo entre la novela fantástica y la de inspiración histórica, La canción del peregrino es el fruto de mis dos grandes pasiones: las novelas de aventuras y la Edad Media y su literatura. Aunando ambas, cuenta la historia de Galván, un asesino a sueldo medio arrepentido, y de su búsqueda de venganza, que acaba llevándole más lejos de lo que jamás podía haber imaginado, resolviendo así más cuentas pendientes de lo esperado y adquiriendo, involuntariamente, nuevas deudas. La acción se desarrolla en un lugar que lleva el genérico nombre –dentro del mundo fantástico– de Los Reinos Nuevos, siendo éstos una suerte de reelaboración fantasiosa del occidente medieval europeo y cuenta con numerosas referencias a la cultura y mentalidad de esta civilización, desde la presencia de composiciones poéticas en lenguas del Medioevo hasta expresiones latinas o pequeñas reseñas sobre aspectos de la vida medieval y así un largo etcétera a descubrir por el lector.»

*Nota: en la sinopsis que aparece en la obra, y sólo en ella, aún aparece la denominación de «Siete Reinos», que hubo que retocar apresuradamente por el explosivo auge de las novelas del señor G. R. R. Martin por aquello de no incitar a los malos pensamientos.

Espero que os guste. ¡Buena lectura!

martes, 22 de enero de 2013

SALTOS EN LA RED

Tras dar ya por prácticamente imposible (o al menos por muy poco probable) que mi editor, a causa de la galopante crisis que no está dejando títere con cabeza en ninguna parte, se vuelva a poner en contacto conmigo para editar «La canción del peregrino» ya he empezado a considerar, como autor, otras opciones.

 

La primera, por supuesto, es la de la autoedición, con sus pros y sus contras, mucho más numerosos los segundos que los primeros, ya que a la totalidad de los derechos y al control completo de la edición se enfrentan el desembolso económico (que, aun en e-book es considerable y en mi opinión poco rentable para un escritor, digamos, semi-novel) y la dificultad para alguien sin apenas contactos de darse a conocer en un mundo literario súper-globalizado y saturado de los cientos y miles de novelas, relatos, ensayos… y demás que reciben a diario las editoriales y que se suben a la red. Lograr hacerse un poco visible, vaya. La segunda opción, como ya escribí en la anterior entrada, es la de la traducción (hagamos uso del oficio de uno, que para eso está) de la novela para tratar de colocarla y moverla en mercados de habla no hispana; no necesariamente más receptivos pero nunca se sabe dónde pueden estar las oportunidades. La tercera y última opción es la de publicarla sin más en la red, convirtiéndola en una obra gratuita y de libre acceso, sacando al menos el beneficio de darse a conocer y que a uno le lean. Cosa que, en el fondo, es lo que mueve a todo autor, pues, citando a maese Reynald Dubec (que también presenté en la entrada pasada) «no fue este nunca oficio de hacer buenos sueldos ni levantar palacios, sino de sacar gozo del gozo público». 

 

Sin embargo, el ofrecer el texto sin más, aun pese a estar la novela perfectamente registrada con todas las de la ley a nombre de un servidor, me causaba ciertos reparos. Una especie de sensación de retroceso como autor, si alguien es capaz de entender la explicación. No obstante, descubrí hace pocos días una página llamada http://megustaescribir.com/ que me ofrecía una solución intermedia que sin duda me satisfacía. Se trata de una pequeña red social de escritores/lectores/editores destinada precisamente a mover obras no necesariamente humildes pero que precisamente por la crisis o por no ser sus autores de excesivo renombre se encuentran con penosas dificultades a la hora de darse a conocer. Cuenta además con el añadido de estar respaldada por un grupo editorial (Random House Mandadori) que ofrece la posibilidad de llevar la obra hasta la edición en papel e e-book si la calidad de ésta se ve reconocida por los lectores de la página.

 

Así, he decidido abrirme una cuenta en esta red literaria y subir la primera novela, «La canción del peregrino», de esta serie en la que me encuentro trabajando actualmente, cruzando los dedos y esperando poder llevar a buen puerto la apuesta en el futuro. Y si no, al menos, conseguir algún que otro lector más. Esta red permite, además, la creación de un blog de apoyo a las obras que cada autor vaya colgando, el cual he decidido crear y simultanear (por no decir duplicar) con éste, de modo que las entradas aparezcan repetidas y la obra pueda pasearse sin problemas tanto por esta red como por Blogger. De hecho llevan los dos el mismo título y sencillamente a partir de esta entrada pienso seguir escribiendo aquí y enlazar las entradas del otro. Os dejo aquí el enlace directo: http://arquetadesastre.megustaescribir.com/

En cuanto a la novela, tras el plazo de aprobación que la página requiere, estará disponible en la página para cualquiera que quiera descargarla. Os animo, pues, a echarle al menos un ojo llegado el momento y si os llama la atención la sinopsis a descargarla y leerla. Son poco más de doscientas páginas en formato pdf, no es necesario registrarse en la red para descargar el texto ni tampoco pagar un solo céntimo, y le hacéis un pequeño y entrañable favor al que suscribe. 

 

Espero que os animéis a darle una oportunidad y que a aquellos que decidan leérsela les guste, que nunca le vienen mal a un autor lectores, que ya sólo con su presencia alientan y hacen más leve la tarea de la redacción y con sus críticas y comentarios ayudan a mejorar y pulir el resultado final. Sobre todo cuando uno se encuentra finiquitando ya el epílogo de una segunda parte, y le da hasta miedo mirar de reojo el montón de cuadernos manuscritos que lleva ya. Y, por supuesto, a aquellos que ya la hayan leído, huelga decir que cualquier comentario en este blog o en el otro http://arquetadesastre.megustaescribir.com/ será siempre más que bienvenido, sobre todo si pueden animar a otros a dar el paso y leerse la novela.

Gracias por adelantado a todos y espero poder encontraros alguna vez del otro lado de los renglones. 

viernes, 4 de enero de 2013

TROVADORES Y JUGLARES

El capítulo XXIV está ya, como quien no quiere la cosa, a punto de caramelo, a falta de que el cohete lanzado en el último momento estalle con fanfarria, dándole el final al que estaba encaminado desde la primera página. Luego no quedarán más que un conclusivo capítulo XXV y un pequeño epílogo en que revolucionar, por supuesto, los veinticinco capítulos anteriores y ponerle al lector la miel en los labios para la siguiente novela.

 

Mientras tanto, y dado que, como ya dije en la última entrada, mis últimas documentaciones darían demasiadas pistas, vamos a ir empezando (que ya iba siendo hora) con una pequeña presentación de personajes. No todos, claro (quien me haya leído sabrá que mis personajes salen como setas), sino tan sólo los más principales. Uno de ellos, y sin duda el más destacable, sería el señor Reynald Dubec, que vendría a completar en terceto la pareja ya formada en la primera novela por Galván y su compañero montañés. El nombre (que de nuevo no es casual) sigue siendo provisional hasta la versión definitiva (hay personajes que en lo que va de novela han cambiado cuatro o cinco veces de nombre), pero tiene casi la totalidad de las papeletas para quedarse así. No sólo es un nombre llamativo (alto y sonoro, que diría el Caballero de la triste Figura) sino que se pega muy bien al personaje en esta historia, pero también a la realidad histórica bajomedieval y al hilo del personaje en un futuro narrativo que esperemos no sea muy lejano. 

 

En cualquier caso no es su nombre lo más representativo de este personaje sino su oficio, que es, en el fondo, por lo que va a ser interpelado las más veces. Y es que maese Reynald Dubec no pertenece a otro gremio que al de los arquetípicamente medievales y farandulescos juglares. Al igual que los caballeros, los castillos y la buena mesa, este tipo de personajes aparecen siempre ligados al periodo medieval, hasta el punto en que al querer representar un escenario basado en este periodo histórico ya llega a hacerse raro o no escuchar un poco de música o no ver un laúd, un rabel o una dulzaina rondando por alguna parte.

 

Trovadores, troveros, ministriles, minnesänger…, no son pocos los nombres con los que aquí y allá en esta vetusta Europa se definía a los compositores líricos y músicos. Todos ellos tienen un componente común, que es (casi siempre) el de la alta (o al menos bien situada) cuna, y que los distingue por ello diametralmente de los llamados juglares, con los que tan a menudo (y no sin razón) se les confunde.     


La aparición de los trovadores la sitúa la leyenda literaria e histórica (con sus bien fundamentadas pruebas, todo es cierto, pero en mi opinión algo de leyenda tiene con todo) en Occitania (que a día de hoy se corresponde grosso modo con el Mediodía Francés) y asociada a la figura del «primer trovador», Guillermo de Poitiers. Desde él fluye una larga lista de personalidades que incluye nombres tan famosos como el de Ricardo I de Inglaterra «Corazón de León» (no en vano nieto de Guillermo) o el del papa Clemente IV. Su cuna, en principio, está pues entre las más altas, si bien la situación llega a «democratizarse» en tiempos posteriores accediendo a tan noble oficio hombres (¡Y mujeres! ¿Cómo olvidar a Doña Beatriz de Día y a tantas magníficas trobairitz?) de un estrato social algo más bajo pero siempre con una necesaria formación académica a cuestas. No por ello se dejaba a un lado la escala social, desde luego, y cada trovador era más que consciente de la posición que ocupaba fuera de su oficio, y si bien inter fratres se consideraban todos como iguales se daban numerosas puyas y agravios (cómo no, seguían siendo humanos) entre unos y otros tanto por cuestiones de estilo como de orígenes sociales. De hecho, en su época de máximo esplendor, durante el llamado Renacimiento del siglo XII, varios sectores del oficio trovadoresco se quejaban a menudo del «intrusismo» y «pérdida de prestigio» que la aparición de nuevos trovadores de toda raza y condición había atraído. 

 

La etimología del nombre viene del término occitano trovar, que literalmente significa «encontrar» o más bien en este caso «inventar» o «componer», por aquello de hallar las palabras, métrica y rimas que sentasen bien a la composición poética. Sin embargo, pese a estar intrínsicamente atados a la poesía, precisamente este nombre de trovadores los distinguía en aquel periodo histórico de los poetas que eran quienes componían versos en latín (que es como se venía haciendo desde la Antigüedad) frente a aquéllos, que componían en lengua romance. En cuanto a temas qué puede decirse que no resulte evidente. El Amor, con mayúscula y mayor reverencia que a la Virgen y a todos los santos, llegando a su mayor expresión feudal con el fin’amor (en el cual no me entretendré por cuestiones de longitud, googléenlo los curiosos), al cual acompañarán no obstante otros temas más mundanos como la política, la crítica social, la literatura o la moralidad del Hombre.

 

Y ahora vamos con los juglares…

El juglar es tenido (desde el Romanticismo y hasta nuestros días) por hermano del trovador, y sin embargo en la Baja Edad Media difícilmente se habría hallado mayor alabanza para el primero y mayor insulto para el segundo. Los juglares eran, ante todo «entretenedores» profesionales, que igual que tocaban un instrumento, cantaban, contaban historias y leyendas, danzaban, hacían cabriolas, hacían bailar a los osos y a los perros, hacían malabares… Eran pícaros en su mayoría, pues, hechos a la vida ambulante, a las ferias, a los mercados y (cuando la suerte y no el hambre llamaba a una puerta que no tenían) a las cortes señoriales en calidad de «showmen» del banquete. Como venía siendo costumbre desde la Edad Antigua su imagen social era de lo más controvertida, ya que si por un lado eran personajes simpáticos y que en general la gente y sobre todo la muchachada y la estudiantina no echaban de más, acabado el espectáculo eran metidos en el saco de rufianes y prostitutas y como tales elementos indeseables los contemplaban las leyes de la época.

 

Sí que hay que hacerles justicia pese a todo en cuanto a la lírica y la música atañe, ya que si bien su cuna era muchísimo más humilde que la de los insignes trovadores del romántico y apasionado fin’amor, actuaban como complementos de aquellos. Su principal función (y el interés de sus plebeyos estómagos) era la de entretener y por ello solían servirse de las obras compuestas por los trovadores y que ellos mismos arreglaban o modificaban según les sirviese (¿qué mejor manera de ganarse un par de maravedíes más que metiendo entre los compañeros de un Roldán o de un Mío Cid a algún antepasado ilustre del anfitrión?) difundiéndolas así y enriqueciendo una literatura y un arte que cobraba cada vez más fuerza. 

 

Así, ¿qué mejor compañero para Galván y Verone que un «medievalísimo» juglar con ínfulas de trovador e intenciones y lascivia de joven rufián? A un servidor le encaja a la perfección y hasta le ha tomado tanto cariño como al herrero montañés aunque, por supuesto, la última palabra se la dejo a mis futuros lectores.

viernes, 21 de diciembre de 2012

SUB TERRA

Llevo ya bastante tiempo sin escribir nada en este blog, lo sé, pero como bachiller perezoso ante el maestro tengo con qué razonarlo. Sencillamente no hay nada que pueda contar sobre cómo avanza la novela ya que ello desvelaría demasiadas pistas sobre el desenlace. Si dijese lo más mínimo sobre aquello en lo que estoy trabajando ahora con Bic y renglones bastaría con sumar dos y dos tras los primeros capítulos para que quien le dé por leérselo más tarde deshaga el nudo y el citado desenlace le resulte hasta fatigoso. Por ello, y pido un justificado perdón, voy a guardarme de momento unos cuantos secretos, por aquello de conseguir algún que otro futuro lector.

 

Sí puedo avanzar, sin embargo, un par de cosas. La primera es que el antepenúltimo capítulo XXIII ha pasado en un vendaval visto y no visto de menos de quince días y que la cadencia de trabajo ha llegado casi a duplicarse, por lo que el capítulo XXIV (que es el que ando ahora metido) no debería llegar a Reyes sin acabar y la obra estaría lista para ser pasada a máquina para febrero (musas y suerte mediante, todo sea dicho). La segunda es que, en vista de la infructífera brega con mi editor y que la posible publicación de la primera parte se está retrasando ad aeternum (por motivos económicos, tampoco es mala fe del editor) y movido por las arengas de varios amigos (que entre otras cosas son lectores) estoy considerando la idea de traducir la obra al francés e intentar venderla allende los Pirineos, donde el mercado, si bien no está mucho mejor que éste, sí es tremendamente más amplio y concienciado, no siendo tan difícil «meter la cabeza» aunque sí (más que en España, opino) mantenerla sin que a uno se la corten. 

 

También puedo hablar, sin riesgo de contar más de la cuenta, de por dónde se mueven ahora Galván et consortes, ya que se trata de un escenario que se repite (no muy a menudo y nunca el mismo, es cierto, pero aun así) varias veces a lo largo de la novela y que resulta no menos recurrente en el escenario general de las novelas de aventuras. Esto es bajo tierra. 

 

No hace falta más que coger media docena de novelas del género y comprobar que tarde o temprano los personajes del género de aventuras o del fantástico (arañando también sin problemas la ciencia-ficción) siempre acabarán en una caverna o cueva, o atravesando unos túneles o yendo bajo tierra en busca de algo. Desde el recientemente cinematográfico El Hobbit, en que los protagonistas se meten no una ni dos sino hasta cinco veces bajo tierra en una novela de apenas trescientas páginas, hasta la bien llamada Viaje al centro de la Tierra, sin olvidar a Kvothes, Harolds, Geralts, casi cualquier personaje de Lovecraft y por supuesto algún que otro Stark y no tan Stark (y no digo más, que hay gente que después se me echa al cuello por reventar finales). En cuanto al mundo estrictamente medieval es cierto que, siendo una hipérbole del simbolismo, el acceso subterráneo de héroes y protagonistas es más bien escaso por no decir nulo, ya que la mayoría de mitologías europeas lo asocian irremediablemente con un acceso a los Infiernos (pues no sólo la judeocristiana cuenta con un inframundo, no nos vayamos a pensar, dejando en mal lugar a personajillos tan simpáticos como la diosa nórdica Hell), lo cual no era precisamente recomendable en aquel tiempo y lugar aparte de en los relatos moralizantes en que el muerto va al hoyo, pero el alma sube o baja.

 

Parece haber algo legítimamente aventurero en la exploración subterránea, algo que llama a los hombres desde lo más fantasioso y recóndito de la memoria. A pesar de llevar tantos y tantos siglos pululando por el mundo, las secas profundidades del océano de tierra nos siguen maravillando. No en vano se dice que las leyendas comenzaron en las cavernas, y cualquiera que haya estado en una de las magníficas cuevas pintadas que nuestros remotos ancestros nos legaron sabrá de lo que hablo. De ese cosquilleo inquieto y ese latigazo en la espalda preñado de mitos. De hecho, hasta que realmente no llegué a encontrarme bajo tierra (por más que la pintura de las paredes fuese moderna) nunca se me habría ocurrido introducir los túneles y las galerías en esta novela, y nunca habría pretendido meter a Galván y compañía bajo tierra, precisamente por considerarlo terreno ya demasiado arado por el género de las aventuras. Sin embargo caí, y nunca mejor dicho, en el encanto de las profundidades y las mil y una posibilidades que ofrecen a una historia como ésta.

 

En esta segunda novela, la cabeza de Galván acabará con el suelo como techo en tres ocasiones, la última en este capítulo XXIV, y siempre en pos de su larga búsqueda. Diré que sin duda han sido de los pasajes más amenos e interesantes de describir y narrar ya que, como he dicho antes, los referentes literarios son casi infinitos, y con apenas una pincelada el lector es capaz ya de imaginarse y de aventurar qué habrá en las sombras del túnel que no ilumina la antorcha o qué aparecerá tras el próximo recodo. Y así, la siempre buscada quimera de identificar visión de autor y visión de lector se cumple sin problemas en un delicioso entorno lleno de resortes que sazonan con aventura la historia.

 

Mientras vuelvo a colocarme el casco de minero y las botas para seguir con el siguiente párrafo, os deseo una Feliz Navidad. 

miércoles, 28 de noviembre de 2012

PLUMAS, TINTEROS Y BOLÍGRAFOS

Anoche (realmente hace dos semanas, pero he tenido este artículo en conserva), como quien no quiere la cosa, cayó el bolígrafo número catorce o quince en pleno acto de servicio, justo en el momento en que la barbota de un raubritter estaba en la boca del canal de una ballesta, de modo que el rebuscar otro Bic que aún tuviese tinta le dio al caballero de rapiña unos minutos más de vida literaria.

 

Ello me llevó de vuelta a una cuestión que me plantea casi cualquiera que me sorprende en plena faena escritora o que le echa una ojeada al resultado en construcción, y que no es otra que lo que hoy en día llamaríamos el «soporte de redacción». Y es que salvo contadísimas ocasiones –algún microrrelato suelto o cosas parecidas– siempre redacto a mano, esto es escribiendo directamente en un papel. No todos lo entienden, ya que es cierto que a los lectores en general les parece raro que en los tiempos que corren aún se escriba a mano (algo más propio de otras épocas, desde un cautivo Cervantes a un indeciso (basta con ver muchas de sus notas para ver que de cada seis frases tachaba cinco) Maupassant) y que se suele relacionar en la actualidad la figura del escritor con la de un aventurero Hemingway, corriendo de país en país con la Olivetti a cuestas. Y sin embargo, sí, muchos escritores seguimos escribiendo a mano, y si alguna vez me empieza a molestar la muñeca al cabo de dos o tres horas de garabatear, suelo acordarme de las ventajas de este método, y si no de lo que una vez me dijo la madre de un amigo hablando sobre ello y que, traducida, vendría a significar que «sólo un verdadero escritor escribe a mano».  

 

Los que todavía somos aficionados a darle al papel no lo hacemos simplemente por emular románticamente a la imagen que tenemos del escritor (que también, para qué vamos a mentir…) sino por las mencionadas ventajas que este método presenta. Pero evidentemente no habría ventajas sin inconvenientes, y aunque a ratos se equilibran sí que compensa en mi opinión optar por el método tradicional, especialmente cuando se trata de un texto largo y complejo como es una novela. 

 

Las desventajas saltan, creo, a la vista. Por un lado el coste de papel y tinta, que aunque no parezca importante demuestra serlo al cabo del tiempo. Cuando el número de hojas y páginas asciende a unos cuantos cientos y el tiempo se alarga hasta varios años se necesitan buenos cuadernos en que se conserve claro lo escrito, cuadernos que no son precisamente baratos y, me temo, en un país como España (en que se considera delito vender cuadernos sin espiral metálica y sin cuadrículas) cada vez más difíciles de encontrar. También nos encontramos con el problema de la tinta, que aunque tiene una solución más sencilla sigue teniendo un alto coste y de hecho un servidor se ha pasado de la pluma estilográfica al humilde bolígrafo, que estando como está el I.V.A en la papelería no es cuestión de rellenar el cartucho cada docena de páginas. Por otro lado tenemos el problema del espacio, y es que una novela redactada a mano ocupa mucho. Y cuando digo mucho no exagero, que entre libretas (yo me muevo al menos con un par), fotocopias, notas, y los propios cuadernos todo ocupa un volumen importante. Tampoco cabe olvidar la velocidad de redacción, que si bien todos estamos acostumbrados a escribir de vez en cuando a mano también hemos perdido la costumbre de redactar grandes cantidades a fuerza de muñeca y somos tremendamente más rápidos haciéndolo a base de tecla.

 

En cuanto a las ventajas son más sibilinas, pero tan satisfactorias que se imponen sin esfuerzo. Por un lado está el llamado «tacto de la escritura», que no sólo se refiere a la sensación de estar pasando algo directamente de la cabeza de uno al papel y al romanticismo sensorial que conlleva, sino también (aunque para el ojo no entrenado no sea evidente) la manera en que se redactó un párrafo. No es lo mismo una letra sosegada sin tachones que una apretada y nerviosa con correcciones intermitentes. El que ese párrafo escrito pase íntegro a la versión final, se modifique, o directamente se elimine depende no pocas veces de una cosa en apariencia tan trivial como la letra con que está redactado. Tenemos también otro punto muy interesante (en mi opinión el punto clave) y es que todo lo que está escrito se queda escrito, es decir que a menos que se arranque la página, lo que queda tachado sigue quedándose ahí y en el futuro, cuando el manuscrito se pase a limpio, quedan los fragmentos «desechados». Estos, en más ocasiones de las que pueda parecer, vuelven a retomarse, sirven de pie para nuevos fragmentos o aclaraciones o incluso vuelven a incluirse si la continuación de la historia lo permite. En el caso de la redacción informática la tentación de eliminar por completo un fragmento que en ese momento no gusta es tremenda y se hace casi imposible volver a recuperarlo si tiempo después se le encuentra una utilidad. La redacción tradicional a mano permite, igual que con los fragmentos desechados, incluir notas a pie de página o en los márgenes y comentarios sobre las propias frases, cosas, ambas, que la informática imita a la perfección, pero que de nuevo vuelve demasiado tentador borrar en pleno ataque de vanidad artística o en plena crisis de creatividad.

 

Así, y pese a las ventajas que ofrece el escribir a ordenador o a máquina y que no he citado por evidentes (rapidez, comodidad de transporte, edición y almacenamiento…) para proteger al propio texto y al autor de sí mismos (recordemos que la inmensa mayoría de los escritores son (a mí aún me queda, espero, mucho) esquizofrénicos) es mucho más interesante y proporciona una mayor calidad al trabajo la redacción tradicional. 

 

Ah, acabo de encontrar otro bolígrafo. Vuelvo a mis renglones.

lunes, 12 de noviembre de 2012

TRES RECETAS MEDIEVALES

Tal y como prometía dos entradas atrás, dejo aquí un par de recetas de cocina medieval, que he decidido colocar en una entrada aparte para no hacer la anterior demasiado larga. No he tenido ocasión de probarlas (aún), de modo que no puedo hablar bondades de ellas, pero si no consigo que nadie se anime al menos que quede como divulgativa curiosidad. Ambas recetas las he sacado de una revista de original nombre llamada Medieval, la cual sigo desde hace más o menos un año y de la que no recibo ningún dinero por promocionar pero que recomiendo a cualquier amante del período o simplemente de la Historia y en la que (por si algún miembro de su equipo leyera esto) no me importaría nada trabajar como revisor. Incluyo también al final una receta, sacada de aquí y de allá y probada varias veces por un servidor, del conocido hipocrás, una suerte de vino especiado muy popular durante el Medievo y los siglos posteriores.



Y ahora que ya he quedado como un borracho, vamos con las recetas.

GARBANZOS TIERNOS
Recepta LII. Llibre de Sant Soví.
Receta catalano-aragonesa. Siglo XIV-XV. 

 

Ingredientes: 
-Garbanzos tiernos (no secos)
-Leche de almendras
-Dos cebollas
-Perejil
-Albahaca
-Mejorana
-Jengibre
-Agraz
-Aceite de oliva
-Sal
-«Buenas hierbas» (romero, menta, salvia, tomillo…)

Preparación:
Primero se deben lavar bien los garbanzos tiernos. Luego se deben de hervir con la leche de almendras, el aceite y la sal, añadiéndole también un par de cebollas escaldadas previamente. Cuando estén cocidos, se le debe añadir el perejil, la albahaca, la mejorana, el jengibre majado, el agraz y unas «buenas hierbas».

TORTILLA DE NARANJAS
Receta de la Corona de Aragón. Siglo XV.




Ingredientes:
-Huevos
-Naranjas
-(Limón)
-Azúcar o miel
-Aceite de oliva o manteca de cerdo
-Sal

Nota: en la receta original no se incluye el limón, pero teniendo en cuenta que la acidez de las naranjas en la Edad Media era superior al de las actuales (que no saben a nada) conviene potenciar la acidez de aquéllas. Se recomienda también hacer raciones individuales en platos hondos ya que la tortilla no cuajará demasiado.

Preparación:
Para empezar, exprimid las naranjas (y los limones) necesarias. Luego, poned a calentar una paella (sartén) pequeña, preferiblemente de ración individual con un poco de aceite o manteca. Seguidamente, batid los huevos y añadidles el zumo exprimido. Luego añadid el azúcar o miel y la sal al gusto y cocinad la tortilla.

HIPOCRÁS:
Receta propia, compuesta a partir de recetarios medievales y de recetas actuales. 


 

Ingredientes:
-Vino tinto (mitad del total)
-Vino blanco (mitad del total)
-Canela (una cucharada y media pequeña por cada litro de vino)
-Clavo (una cucharada pequeña por cada litro de vino)
-Jengibre en polvo (media cucharada pequeña por cada litro de vino)
-Azúcar (cinco cucharadas soperas por litro)

Nota: la cantidad de especias y azúcar es aproximada, ir probando a medida que se hace y adecuar al gusto de cada uno. El vino que se utilice es, entre comillas, para estropearse, de modo que no interesa que sea demasiado bueno. No es obligatorio usar un vino de cada clase, pero el sabor es mejor. En lugar de colar el hipocrás con una manga puede hacerse con un colador, pero cuidado con los trocitos de clavo que pudieran colarse.

Preparación:
Calentar ambos vinos en una olla grande a fuego lento. Añadir enseguida las especias e ir removiendo cada poco, probándolo al mismo tiempo. Retirar la olla del fuego en cuanto empiece a hervir. Colarlo todo con una manga y dejarlo reposar. Suele servirse tibio, pero está igualmente bueno un poco caliente e incluso frío.   

QUAND JE BOIS DU VIN CLARET... (2)

Hablaba el otro día de comer en la Edad Media, y antes de que el artículo se fuese de las manos pretendía dedicarlo al modo en que se «distribuyen» las comidas dentro de una novela y más concretamente dentro de la que estoy trabajando. Por supuesto no estoy hablando de que los personajes deban alimentarse tres veces al día cada x páginas ni de que estas deban ser comentadas y descritas, pero sí confieso que tengo una especial debilidad por colar a menudo algún que otro momento gastronómico.

 

Comentaba una vez a un amigo, hablando del tema, que curiosamente suelo hacer comer a mis personajes cada vez que yo mismo tengo hambre, como si mi estómago quisiera recordarme sonoramente que esta gente que tengo a mis ordenes (más quisiera…) bajo la punta de la pluma también son humanos (o así lo pretendo) y deben llevarse algo a la boca de vez en cuando. Trasegar espumosa y tintos le da a los personajes un aura fanfarrona y varonil, pero quedaría ridícula y vacuamente recurrente si no les diese algo con que pasarlo.

 

Por lo general, y me atrevería a decir que (literariamente hablando) hasta hace muy poco, la comida no ha gozado nunca de un especial protagonismo en una historia. Tampoco clamo por hacer de una novela un libro de cocina, y pienso que la comida no debería hacer su aparición más que puntualmente y más como telón de fondo y ornamento que como una suerte de leitmotiv que no tendría ningún sentido, pero sin embargo es curioso observar como a un acto tan cotidiano se le da tan poquísima importancia o se obvia directamente. No quiero decir con ello que la comida no tenga su lugar en la literatura, si bien necesita casi siempre un motivo para salir a escena. Dos personajes no suelen seguir una discusión en un restaurante, ni uno de ellos se va a poner a cocinar de repente si precisamente el encontrarse en un restaurante o cocinar no significan nada y no aportan nada a la historia. La acción no se sitúa en un banquete, o en una taberna, o en una orilla del camino en que detenerse y yantar si con ello el autor no busca decir nada ni plantear un escenario justificado. Lo mismo sucede con los alimentos. Rara vez la aparición o descripción de estos es baladí. Siempre esconden una justificación, un significado o a lo sumo un guiño pretendido por el autor. Me atrevería a decir que casi nunca en una novela aparece la comida como algo banal y puramente decorativo, como algo tan habitual y cotidiano como salir a una calle en pleno Medievo y andarse con ojo para que no le llueva o pise uno algo desagradable y de cuyo olor le será difícil deshacerse. Pienso en ejemplos como los recurrentes momentos culinarios del señor Tolkien (buscando con ello identificar su Tierra Media y habitantes con la gastronomía de una campiña británica preindustrial) o el enriquecedor interés del señor Benacquista por la pasta y la comida italiana en general (buscando de nuevo algo con ello, que es utilizar la cocina y la comida como catalizador de la nostalgia de los personajes). 

 

Por mi parte, y no sólo porque busque entre otras cosas con esta novela y su predecesora ilustrar la realidad del mundo del Medievo, gusto de ser pródigo en momentos gastronómicos. Me parece (o eso quiero imaginar) que le dan un leve barniz de realidad a la historia, un matiz de realidad, como alejando a castillos, damas y torneos de la más ortodoxa fantasía y acercándolos algo más a la realidad histórica que se pretende imitar y (¿por qué no?) divulgar. Me viene a la mente, por ejemplo, el caso del señor George Lucas cuando en su arriesgado Episodio IV de su saga espacial decidió cubrirlo todo de mugre y polvo, dándole a la escena precisamente un barniz de realidad, de cotidiano, de «usado» en palabras de los críticos de la época, lo cual confesaron que ayudaba al espectador a introducirse más en la historia a pesar de que aquel estilo mugriento chocaba directamente con la más rancia escuela de la Ciencia-Ficción en que todo eran naves y androides impolutos y pulidos.    


Así, cuando la ocasión se presenta (y en una novela en que los protagonistas están casi permanentemente de viaje lo hace muy a menudo) reúno a Galván y compañía en torno a una mesa o a una hoguera y les hago mover un poco el bigote. Y es entonces cuando surge un súbito problema en el que el trabajo de investigación poco o nada ayuda: ¿qué comer? Tal y como aparecía en el pasado artículo lo que sabemos sobre la mesa y la cocina medievales no es poco y hay abundante material sobre los ingredientes, la preparación, el consumo y hasta las normas de las comidas, pero por desgracia el homo medievalis pese a ser un ser que peregrina a menudo no es un auténtico viator en sí, por lo que viaja a menudo, pero con el inicio, el destino y la ruta bien claros. ¿Y en qué atañe esto al comer? Muy sencillo. En que el hombre medieval se desplaza por su geografía, pero a menos que se vea obligado a ello (en ese sentido, las cosas no han cambiado desde la Edad Antigua) nunca pernoctará al raso si puede hacerlo bajo techo. Es decir, si puede, comerá en una mesa y de un puchero (como es normal). Esto nos conduce a un problema, y es que precisamente es en la novela de aventuras donde los personajes se alejan más de los caminos trillados en que abunden posadas. Esto es, cuando de encender una hoguera y preparar la pitanza se trata, hay muy poca base histórica e incluso literaria (alguna excepción hay, por supuesto, pero aun así) en la que apoyarse.

 

Pueden resultar de ayuda los recetarios medievales, mediante la búsqueda de recetas y consejos sencillos que pudiesen pasar por passe-partout y lo mismo aparezcan en la mesa de una posada que una escudilla de campamento, pero lo cierto es que la inmensa mayoría pertenecen al ámbito de los grandes fastos de las mesas nobles, con extravagantes interiores e innumerables condimentos y fantasías. Así, sólo queda echar mano de dos cosas: por un lado la imaginación (buscar con lógica qué puede encontrarse de comer en una dehesa, por ejemplo, y elaborar la comida a partir de eso) y por otro la comida tradicional, considerando que salvo por los ingredientes (los productos que más tarde llegarían de América o los manufacturados) aquélla no ha evolucionado demasiado desde el período medieval hasta el siglo XX. Los platos de legumbres, los embutidos, la caza, los caldos y demás siguen siendo, en esencia, los mismos.

 

De este modo, más o menos, se va trampeando el problema, y ejemplo de ello en esta novela en cuestión son las habas con tocino cocinadas en el prólogo, los patos asados que cazan y devoran los protagonistas en su paso por un bosque, o los lucios con cebollas silvestres con los que se abre el capítulo XX. Aunque, por supuesto, también queda espacio para la cocina más «típicamente medieval» esto es la de recetarios históricos, y así la careta de cerdo frita con miel y uvas resulta ser la especialidad de una posada o la cabeza de oso con halcón asado se convierte en el excéntrico plato principal de un banquete ducal al que nuestros protagonistas se ven algo forzados a acudir. Pero todo esto, con sus sabores y aromas barnizando la historia, habrá que descubrirlo en la propia novela.